17. Precariedad Gubernamental
Hay estructuras en este mundo que la mayoría de las personas nunca ve. No porque estén ocultas, sino porque no están diseñadas para ser visibles para quienes transitan la vida con protección, estabilidad o reconocimiento institucional. Estas estructuras están hechas de vacíos —vacíos jurisdiccionales, vacíos procedimentales, vacíos definicionales— y forman una arquitectura invisible que determina quién recibe ayuda y quién queda, silenciosamente, obligado a arreglárselas solo.
Durante años, no tuve el lenguaje para describir lo que estaba viviendo desde dentro. Solo sabía que algo ocurría a mi alrededor que no podía nombrar, algo que moldeaba mi vida sin anunciarse jamás. Me tomó mucho tiempo entender que lo que estaba experimentando no eran hechos aislados, sino un sistema —una arquitectura— construida a partir de la precariedad y del poder.
La precariedad no es solo inestabilidad. Es una condición creada cuando los sistemas destinados a protegerte no te reconocen como alguien digno de protección. Es el espacio entre categorías, el lugar donde ninguna agencia asume responsabilidad, el silencio que sigue cuando pides ayuda y la respuesta es una derivación hacia otro lugar. La precariedad no es un accidente. Es un resultado estructural.
Y el poder —el poder real— no siempre es ruidoso. A veces es la capacidad silenciosa de decidir quién será escuchado y quién será descartado. Quién será creído y quién será categorizado. Quién recibirá protección y quién será redirigido. El poder es la capacidad de definir la narrativa antes de que la víctima pueda hablar.
No entendía nada de esto cuando mi vida comenzó a desmoronarse en México. Era una madre criando a cuatro hijos en un país extranjero, intentando mantener unida a una familia mientras la salud mental de mi exesposo se deterioraba de maneras que yo no podía interpretar ni controlar. Cuando nos abandonó, pensé que el peligro era el abandono en sí. Aún no comprendía que el verdadero peligro era el vacío que dejaba —el colapso repentino de la estabilidad, la exposición a fuerzas que no tenía formación para reconocer y la ausencia de cualquier institución dispuesta a ocupar ese espacio.
Ese fue el momento en que entré en la arquitectura de la precariedad.
Comenzó con cosas pequeñas: una botella manipulada, un teléfono que se comportaba de forma extraña, desconocidos que sabían detalles que no deberían haber sabido. Al principio intenté racionalizar cada incidente. Eso es lo que hace la gente cuando el mundo deja de comportarse de manera predecible. Pero el patrón creció, y el miedo creció con él. Estaba sola con cuatro niños en un entorno donde actores criminales operaban abiertamente, donde la intimidación estaba normalizada y donde la vulnerabilidad no era un asunto privado, sino una oportunidad pública.
Hice lo que haría cualquier madre responsable: intenté denunciarlo. Me acerqué a las autoridades en México, luego en Australia y después en Nueva Zelanda. Creía que alguien, en algún lugar, reconocería la gravedad de lo que estaba describiendo. En cambio, me encontré con un sistema que no estaba construido para recibir un caso como el mío.
En cada lugar al que acudí, me dijeron que simplificara. Que condensara. Que eligiera una categoría. Que eliminara contexto. Que explicara años de peligro en unas pocas frases. Que ajustara mi experiencia a formularios que nunca fueron diseñados para daños transfronterizos, coerción, intimidación o exposición al crimen organizado. Cuanto más intentaba explicar, más trataba el sistema la complejidad como señal de que yo era el problema.
Así funciona la precariedad: desplaza la carga de la claridad hacia la víctima, incluso cuando el propio sistema es incapaz de comprender la situación.
Y así funciona el poder: permite que las instituciones decidan que un caso es “demasiado complejo”, “demasiado inusual” o “fuera de su mandato”, sin reconocer jamás las consecuencias de esa decisión.
La arquitectura de la precariedad y del poder no es teórica para mí. Es la estructura que moldeó cada parte de mi vida durante más de una década. Es la razón por la que mis hijos y yo quedamos sin protección. Es la razón por la que tuve que enfrentar el peligro sola. Es la razón por la que mis reportes desaparecieron en el silencio. Es la razón por la que ahora vivo en Nueva Zelanda sin mis hijos, cargando un trauma que ninguna agencia ha evaluado.
Es la razón por la que tuve que construir mi propio registro —públicamente, en www.jacqualineroche.com— porque ninguna institución ofreció un mecanismo seguro o adecuado para denunciar. No publiqué mi historia para llamar la atención. La publiqué porque temía ser ignorada indefinidamente. La publiqué porque la verdad no tenía otro lugar donde ir.
La arquitectura de la precariedad no es solo una descripción de lo que me ocurrió. Es la explicación de por qué ocurrió. Es la razón por la que mi caso cayó por cada grieta en tres países. Es la razón por la que nadie intervino cuando aún era posible intervenir. Es la razón por la que las consecuencias se volvieron irreversibles.
Y, sin embargo, hay otra capa en esta arquitectura: la capa construida con silencio. El silencio no es pasivo. Es una forma de poder. Es el mecanismo mediante el cual las instituciones evitan la responsabilidad. Es la herramienta que convierte a las víctimas en anomalías, que reformula el peligro como confusión, que transforma el miedo legítimo en algo que puede ser descartado.
El silencio fue lo que permitió que el daño continuara. El silencio fue lo que permitió que los sistemas se retiraran. El silencio fue lo que permitió que la narrativa se desplazara del peligro hacia mí. El silencio fue lo que me mantuvo atrapada en una situación de la que no podía escapar.
Pero el silencio también fue lo que me obligó a escribir. Fue lo que me impulsó a documentarlo todo, a construir mi propio registro, a crear una narrativa que no pudiera ser borrada. Escribir se convirtió en la única manera de recuperar la verdad. Se convirtió en la única manera de llegar a mis hijos. Se convirtió en la única manera de enfrentar a un sistema que se negó a escucharme.
La arquitectura de la precariedad y del poder no es abstracta. Es personal. Es la estructura que moldeó mi vida, mi seguridad, mi familia y mi futuro. Es la razón por la que sigo luchando por ser escuchada. Es la razón por la que sigo buscando un mecanismo capaz de evaluar lo que ocurrió. Es la razón por la que sigo haciendo la misma pregunta:
¿Qué le ocurre a una persona cuando los sistemas creados para protegerla nunca fueron diseñados para alguien como ella?
Sigo viviendo dentro de esa pregunta.
Sigo navegando la arquitectura.
Y sigo intentando encontrar la salida.
En la última década, el equilibrio de poder en el mundo digital ha cambiado de maneras que la mayoría de las personas nunca ve. El público imagina el cibercrimen como una actividad marginal —un puñado de hackers en cuartos oscuros, un mercado oculto detrás de navegadores cifrados—. Pero la realidad es mucho más compleja. El inframundo digital no es un mundo separado. Está entretejido en la economía global, moldeado por la demanda y sostenido por las mismas fuerzas que impulsan las industrias legítimas: dinero, oportunidad y ausencia de supervisión.
Esto plantea una pregunta difícil: ¿dónde reside la responsabilidad? Los grupos de delincuencia organizada operan en entornos definidos por la corrupción, la desigualdad y la movilidad económica limitada. Sus acciones causan daño, pero también existen dentro de una estructura global que recompensa la explotación y castiga la vulnerabilidad. El mercado negro digital no es una anomalía. Es un subproducto de un mundo donde la información es moneda y el acceso es poder.
Mientras tanto, los centros legítimos de poder —gobiernos, corporaciones y los ultrarricos— moldean el panorama tecnológico de maneras que a menudo dejan expuestas a las personas comunes. Se invierten miles de millones en exploración espacial, inteligencia artificial y colonización fuera del planeta. Estos proyectos capturan la imaginación pública, pero también revelan un desequilibrio evidente: existen los recursos para construir nuevos mundos, pero los sistemas destinados a proteger a las personas en este siguen infradotados, fragmentados o siendo ineficaces.
La vulnerabilidad digital no se distribuye de manera equitativa. Quienes tienen menos recursos, menos apoyo institucional o una protección legal limitada son más propensos a caer por las grietas. Cuando los dispositivos fallan, cuando las cuentas se ven comprometidas, cuando los datos personales desaparecen, la carga de la prueba recae en la víctima —incluso cuando los sistemas diseñados para investigar estos incidentes están saturados o mal equipados.
Para las sobrevivientes de violencia doméstica, el entorno digital introduce nuevas formas de riesgo. El control financiero, la vigilancia y la coerción pueden ocurrir ahora a través de la tecnología con la misma facilidad que mediante la proximidad física. La ley ha tenido dificultades para mantenerse al día. El resultado es un sistema en el que se espera que las víctimas naveguen burocracias complejas, produzcan pruebas que quizá no tengan y aboguen por sí mismas mientras ya están en crisis.
Mi experiencia se sitúa dentro de este contexto más amplio. Los fallos que encontré —el silencio institucional, la falta de investigación, el colapso de la seguridad digital— no son aislados. Reflejan un problema estructural: un mundo donde la tecnología avanza más rápido que la rendición de cuentas, y donde quienes tienen menos poder soportan las consecuencias más graves.
El sistema no está diseñado para personas como yo. Está diseñado para la eficiencia, no para el matiz; para el procedimiento, no para la protección. Cuando falla, el impacto es personal. Perdí años con mis hijos. Desaparecieron oportunidades. La sensación de seguridad que alguna vez tuve se disolvió. Y las instituciones que deberían haber intervenido no lo hicieron.
Esto no es una acusación contra una sola agencia o individuo. Es un examen de la arquitectura del poder —las fuerzas visibles e invisibles que moldean nuestras vidas, nuestras vulnerabilidades y nuestro acceso a la justicia—. Es un recordatorio de que el daño digital no ocurre en el vacío. Ocurre dentro de un sistema desigual, imperfecto y, a menudo, indiferente.
Comprender este contexto no borra lo que me ocurrió. Pero sí explica por qué fue posible.
Digo esto sabiendo perfectamente que probablemente mi voz no será escuchada. El daño está hecho, y nadie va a repararlo. No espero justicia.
No espero compensación. No espero que de pronto alguien con autoridad despierte y tome mi caso en serio.
¿Por qué seguir presionando a las fuerzas del orden para que les importe? ¿Por qué seguir intentando explicar la violencia doméstica, la manipulación, las tácticas frías y deliberadas que mi exesposo utilizó para desmantelar mi vida?
Ya lo he expuesto todo. He dicho la verdad. Y después de todos estos años de ser ignorada, descartada y tratada como si no importara, solo queda una cosa por decir: “Que os jodan a todos”.
Solo espero que algún día mis hijos entiendan y me perdonen por haberlos abandonado.